P ermanecía inmóvil, gritando una especie de melodía delirante llena de imágenes más ficticias que reales sobre él mismo. Sus músculos, como si estuvieran dotados de una inteligencia a parte, se atenazaron negándole la huida, mientras que el corazón parecía seguir el ritmo frenético de sus temblores; sobre todo cuando cerraba los ojos. Entonces eligió. Activó su modo B . Irreal pero tranquilizador, sostenido y sostenible, todo ello en apariencia. Fácil. Inexistentemente absurdo. Lo hizo a pesar de saber que si se abandonaba a esa despreocupación quizá nunca más consiguiese volver al modo A . En ese caso, todo lo que tendría que hacer para devolverse a sí mismo, estaba especificado en el libro de instrucciones, pero... ¿Quién le aseguraría que bajo los efectos del modo B no lo fuese a tirar a la basura? Si eso ocuriera, se vería inmerso en un viaje sin retorno hacia lo irreal, cuya única solucíon sería una profunda toma de conciencia sobre sí mismo, y valentía ante los miedos veni...
Esta es la expresión que todos usamos para esclarecer una verdad que nunca ha existido porque nunca la hemos conocido.